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Estudios Sociales

26.09.2017
Argentina
ESP |

Los cruces de la política y el fútbol. Ley de hierro

La popularidad del fútbol reside en su gran capacidad movilizadora, sobre todo cuando el sentido de pertenencia a una nación sufre un proceso de deterioro.
Uruguay en los años '20 y Hungría en los '50, ejemplos de vínculos entre la política y el fútbol

Es pertinente recordar, en vísperas de un nuevo campeonato mundial de fútbol a realizarse esta vez en Rusia, que se cumple a rajatabla desde hace muchas décadas, una ley de hierro.

Si bien se manifiesta con algunos matices dispares en diferentes regímenes políticos, resulta imposible escaparle a la misma. A lo sumo se la puede atenuar de acuerdo a las características de la minoría que gobierne y a la manera, más o menos sutil, con que dicha minoría esconda sus propios intereses detrás de los intereses generales.

Fueron los conspicuos políticos uruguayos los que dieron los primeros pasos para que se pudiera tejer dicha ley, vinculando astutamente ambos territorios: el de la política y el del fútbol. Después se transformaría en legítima cuando la creencia de la gente la transforma en tal.

Ello se concretó en la década del veinte cuando se registraron en la Banda Oriental todo tipo de manifestaciones xenófobas. Más allá de la pasión que despierta el juego en las multitudes, quienes le vuelcan expectativas, supersticiones y abundantes leyendas, el fútbol quedaría preso de una elite que intentaría utilizarlo en su provecho. Se sabe que los políticos que ocupan el escenario del Estado tienen una dimensión teatral, y en momentos determinados ponen en juego todas sus habilidades actorales (No en vano los politólogos hablan de escenarios y actores políticos).

Sirvió como excusa que el equipo nacional de fútbol había salido campeón en los Juegos Olímpicos de 1924, repitiendo el mismo logro en 1928. Más tarde, y con mayor peso internacional, Uruguay se dio el lujo de alcanzar la cima en la I Copa del Mundo en 1930.

La obtención de la presea, realizada en oro macizo, después de haber salido dos veces campeones olímpicos y seis veces sudamericanos, completaron un ciclo triunfalista de los uruguayos que obró, en buena medida, para justificar los delirios de grandeza que se apoderaron de la sociedad del Centenario de la Constitución de 1830. (1)

Vale resaltar que cincuenta años después, se disputó la Copa de Oro en Montevideo, a los pocos días de que el régimen cívico-militar plebiscitara sin éxito la creación de una Nueva República. A tal efecto fueron invitadas las selecciones campeonas del mundo y allí el equipo celeste logró un nuevo hito deportivo. El clima de manipulación política y cultural era tal que llevaría a señalar a uno de los integrantes del plantel uruguayo, el arquero suplente Fernando Álvez, que eran payasos de lujo. (2)

Volcando la mirada al otro campo ideológico, cuando la selección húngara, liderada por el maravilloso Ferenc Puskás, ganó brillantemente la competencia de fútbol en los Juegos Olímpicos de 1952 se desplegaron cientos de banderas en Hungría, además de entonarse cánticos con la algarabía despertada por el triunfo de aquellos futbolistas.

El poder político de entonces tradujo dicha victoria a las multitudes con la clave de que habían cumplido con los trabajadores de su país.

Sin lugar a dudas, en las instancias claves del deporte se canalizan las emociones de un sinnúmero de actores de la sociedad, brotando así lealtades nacionales a partir de una práctica social y cultural que depara glorias como también decepciones, inagotables de su manantial.

Una de las razones de la popularidad del fútbol reside en su gran capacidad movilizadora, sobre todo cuando el sentido de pertenencia a una nación sufre un proceso de deterioro. Entonces, puede salir a relucir durante los campeonatos mundiales como si ellos fueran el elemento cohesionador por excelencia. De allí el alto interés de los políticos para que las selecciones de sus países clasifiquen, de cualquier manera, para disputar dichos torneos, aunque se encuentren lejos de conmover a los aficionados a partir de la autenticidad y la belleza.

 

Notas

1. Véase Morales, Andrés. Fútbol, identidad y poder (1916/1930). Fin de Siglo, Montevideo, 2013.

2. Ver Bednarik Sebastián. Documental Mundialito. Montevideo, 2010.

 

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Roberto Di Giano es Sociólogo, UBA

Roberto Di Giano
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