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Estudios Sociales

24.02.2018
Argentina
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Cosas dichas en Necochea

Cosas dichas en el ciclo de charlas organizado por el Círculo de Periodistas Deportivos de Necochea en oficinas del ENTUR - Febrero 2018
Foto con periodistas y documentalistas. Bar Rex, Necochea
En estos tiempos difíciles que corren, todos o casi todos somos conscientes que se hace prioritario vincularnos más estrechamente con la ética si queremos transitar por mejores caminos. Por otro lado, hay profesiones como las de abogado y periodista que poseen reglas específicas y que, por lo tanto, no son comunes a todas las personas. Me refiero a la moral profesional que debería asumir cualquier grupo social bien definido para que no prime esa insistencia egocéntrica tan propia de los argentinos. Egocentrismo que hace que unos se crean por encima del resto.
Cuanto más sólidamente se constituye esa moral, mayor autoridad ejercerá sobre las conciencias individuales y otorgará la cohesión suficiente para que la profesión no degenere.
Asimismo, los argentinos en general, tenemos que aprender a ser menos permisivos con todas las acciones delictivas llevadas a cabo en nuestro país. Es pertinente señalar en este punto que la corrupción, no por ser generalizada, pierde el carácter de delito. El psicoanalista Alfredo Grande, tuvo el coraje de refutar un arraigado dicho popular con este ingenioso aforismo: el que las hace no las paga, y el que las paga no lo hizo, la impunidad es el Alzheimer de la democracia.
Lo concreto es que existe un clima colectivo de relativismo moral que nos da permiso para hacer y decir cualquier cosa. Por lo tanto, muchas veces, se hace difícil distinguir lo correcto de lo incorrecto.
Bueno, pero a no desesperarse que este clima sociocultural ya lo vivimos en el país. Al respecto, Enrique Santos Discépolo, en 1926, escribió aquellos versos que daban cuenta de las prioridades de la época: lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda.
Específicamente, en el campo del periodismo deportivo la banalidad pasó a ser uno de los principales emblemas, una cuestión que sirve, entre otras cosas, para obstaculizar cualquier análisis que pretenda llegar a la verdad. Profundidad y sinceridad son cosas que aquí corren el serio riesgo de extinguirse. Algo que siempre ocurre cuando la ética y la honda reflexión no son parte del ejercicio de una profesión.
En el terreno estrictamente deportivo se hace necesario construir una forma de organización distinta, una verdadera alternativa a la actual, en los clubes sociales y deportivos locales. En principio, sin esta brutal concentración de poder en pocas manos.
Pero los que mandan en las instituciones, y sobre todo en las grandes, viven preocupados, prioritariamente, por la compra y venta de jugadores a quienes convierten en meteoros que atraviesan la vida de los clubes. Así, la mercantilización de nuestro fútbol se hizo total en su alcance con esos afanes de los principales actores de nuestro fútbol de subir en la vida.
Como los socios y simpatizantes han cedido mucho terreno, se han entronizado cúpulas dirigentes con su afán acumulativo de poder y que esconden astutamente sus propios intereses detrás de supuestos intereses generales. No es por azar que dichas instituciones se encuentren siempre al borde del colapso.
En este marco, tan fuertemente penetrado por políticos de diverso pelaje y una variada fauna de empresarios con pocos escrúpulos para hacer negocios de todo tipo, los directivos aprovechan para aplastar a la masa social de los clubes, escamoteándole cualquier papel de peso en la toma de decisiones. Faltaría que pongan un cartel en las tribunas que diga: paga y alienta, pero no metas la cabeza donde no debes y menos en nuestros fabulosos negocios.
Curiosamente todo ello se da en un marco democrático. Aunque si miramos las cosas con mayor atención, la democracia es una superstición muy difundida tal como nos alertaran prestigiosos escritores, largamente laureados, como Jorge Luis Borges y José Saramago. Es que ella nos promete todo… todo, pero lo que te da por un lado te lo quita por otro.
Asimismo, con los años la representación se convirtió en una ficción, los parlamentarios hacen que nos representan y nosotros que nos están representando. Aquí hay, sin dudas, una dimensión teatral que conviene tener muy en cuenta: no en vano los politólogos hablan de escenarios y actores políticos. Pero más allá de las habilidades actorales o no de los dirigentes políticos y parlamentarios, las ilusiones, generalmente se desvanecen rápidamente y dan paso al desencanto.
Es hora de pensar en otro sistema de representación política que genere una mayor participación de la población.
Además, en democracia, el poder, en prolongados periodos, es utilizado para el enriquecimiento de quienes lo ejercen y a costa de las demás personas. Es decir, que en lugar de perseguir con firmeza el bien común la elite del poder termina, casi siempre, beneficiándose a sí misma. Parece imposible disociar allí corrupción y poder pues se atraen demasiado.
La elite del poder ha sabido forjar una ley de hierro que vincula dos territorios: el de la política y el futbol. Aprovechando que este deporte es un formidable vehículo de sentimientos y también de valores. Cuando el sentido de pertenencia a una nación sufre un proceso de deterioro moral y en términos de solidaridad, el fútbol puede servir para cohesionar, al menos temporalmente.
En los campeonatos mundiales los argentinos siempre depositamos expectativas desmesuradas, y seguramente en el próximo mundial, tan cercano en el tiempo y tan distante geográficamente, no se dará una excepción. Un país con tan alto nivel de pobreza como el nuestro, fue uno de los que requirió a los organizadores de dicho mundial a disputarse en Rusia, más boletos de entrada.
Pero conviene aclarar que fueron los conspicuos políticos uruguayos los que dieron los primeros pasos para que se pudiera tejer esa ley de hierro. Ello se concretó en la década del veinte cuando se registraron en la Banda Oriental todo tipo de manifestaciones xenófobas. Más allá de la pasión que despierta el juego en las multitudes, quienes le vuelcan expectativas, supersticiones y abundantes leyendas, el fútbol quedaría preso de una elite que intentaría utilizarlo en su provecho.
Campeón en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, Uruguay se dio el lujo de alcanzar la cima en la primera Copa del Mundo en 1930.
Siguiendo en la misma línea, pero treinta y seis años después, se empezó a tejer en nuestro país una tendencia similar. Los sucesivos gobiernos, con rostro militar o civil, realizaron un abundante trasvase de significados a través del fútbol de elite. Contarían para ello con la alta cooperación de los principales medios de comunicación.
Tenemos necesariamente que construir otra apuesta respecto del futuro, si no queremos que siga primando la corrupción, la drogadicción y la falta de objetivos trascendentes en la sociedad argentina. Para lo cual hay que repensar, en base a críticas y autocríticas, los rituales de la democracia: el sistema representativo (con sus graves imperfecciones que generan permanentemente representaciones espurias), la separación de poderes (inexistente en la realidad verdadera), la permanencia de un sistema plural de partidos (desgastado y desprestigiado con el paso del tiempo) y las elecciones periódicas (generalmente manipuladas, en mayor o menor medida, por elites del poder nacionales y/o locales).
Nos queda luchar por superar este nivel de simulacro y determinar colectivamente los fines sociales.
 
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Roberto Di Giano es Sociólogo, UBA
Roberto Di Giano es Sociólogo, UBA
 
Roberto Di Giano es Sociólogo, UBAEn estos tiempos difíciles que corren, todos o casi todos somos conscientes que se hace prioritario vincularnos más estrechamente con la ética si queremos transitar por mejores caminos. Por otro lado, hay profesiones como las de abogado y periodista que poseen reglas específicas y que, por lo tanto, no son comunes a todas las personas. Me refiero a la moral profesional que debería asumir cualquier grupo social bien definido para que no prime esa insistencia egocéntrica tan propia de los argentinos. Egocentrismo que hace que unos se crean por encima del resto.
Cuanto más sólidamente se constituye esa moral, mayor autoridad ejercerá sobre las conciencias individuales y otorgará la cohesión suficiente para que la profesión no degenere.
Asimismo, los argentinos en general, tenemos que aprender a ser menos permisivos con todas las acciones delictivas llevadas a cabo en nuestro país. Es pertinente señalar en este punto que la corrupción, no por ser generalizada, pierde el carácter de delito. El psicoanalista Alfredo Grande, tuvo el coraje de refutar un arraigado dicho popular con este ingenioso aforismo: el que las hace no las paga, y el que las paga no lo hizo, la impunidad es el Alzheimer de la democracia.
Lo concreto es que existe un clima colectivo de relativismo moral que nos da permiso para hacer y decir cualquier cosa. Por lo tanto, muchas veces, se hace difícil distinguir lo correcto de lo incorrecto.
Bueno, pero a no desesperarse que este clima sociocultural ya lo vivimos en el país. Al respecto, Enrique Santos Discépolo, en 1926, escribió aquellos versos que daban cuenta de las prioridades de la época: lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda.
Específicamente, en el campo del periodismo deportivo la banalidad pasó a ser uno de los principales emblemas, una cuestión que sirve, entre otras cosas, para obstaculizar cualquier análisis que pretenda llegar a la verdad. Profundidad y sinceridad son cosas que aquí corren el serio riesgo de extinguirse. Algo que siempre ocurre cuando la ética y la honda reflexión no son parte del ejercicio de una profesión.
En el terreno estrictamente deportivo se hace necesario construir una forma de organización distinta, una verdadera alternativa a la actual, en los clubes sociales y deportivos locales. En principio, sin esta brutal concentración de poder en pocas manos.
Pero los que mandan en las instituciones, y sobre todo en las grandes, viven preocupados, prioritariamente, por la compra y venta de jugadores a quienes convierten en meteoros que atraviesan la vida de los clubes. Así, la mercantilización de nuestro fútbol se hizo total en su alcance con esos afanes de los principales actores de nuestro fútbol de subir en la vida.
Como los socios y simpatizantes han cedido mucho terreno, se han entronizado cúpulas dirigentes con su afán acumulativo de poder y que esconden astutamente sus propios intereses detrás de supuestos intereses generales. No es por azar que dichas instituciones se encuentren siempre al borde del colapso.
En este marco, tan fuertemente penetrado por políticos de diverso pelaje y una variada fauna de empresarios con pocos escrúpulos para hacer negocios de todo tipo, los directivos aprovechan para aplastar a la masa social de los clubes, escamoteándole cualquier papel de peso en la toma de decisiones. Faltaría que pongan un cartel en las tribunas que diga: paga y alienta, pero no metas la cabeza donde no debes y menos en nuestros fabulosos negocios.
Curiosamente todo ello se da en un marco democrático. Aunque si miramos las cosas con mayor atención, la democracia es una superstición muy difundida tal como nos alertaran prestigiosos escritores, largamente laureados, como Jorge Luis Borges y José Saramago. Es que ella nos promete todo… todo, pero lo que te da por un lado te lo quita por otro.
Asimismo, con los años la representación se convirtió en una ficción, los parlamentarios hacen que nos representan y nosotros que nos están representando. Aquí hay, sin dudas, una dimensión teatral que conviene tener muy en cuenta: no en vano los politólogos hablan de escenarios y actores políticos. Pero más allá de las habilidades actorales o no de los dirigentes políticos y parlamentarios, las ilusiones, generalmente se desvanecen rápidamente y dan paso al desencanto.
Es hora de pensar en otro sistema de representación política que genere una mayor participación de la población.
Además, en democracia, el poder, en prolongados periodos, es utilizado para el enriquecimiento de quienes lo ejercen y a costa de las demás personas. Es decir, que en lugar de perseguir con firmeza el bien común la elite del poder termina, casi siempre, beneficiándose a sí misma. Parece imposible disociar allí corrupción y poder pues se atraen demasiado.
La elite del poder ha sabido forjar una ley de hierro que vincula dos territorios: el de la política y el futbol. Aprovechando que este deporte es un formidable vehículo de sentimientos y también de valores. Cuando el sentido de pertenencia a una nación sufre un proceso de deterioro moral y en términos de solidaridad, el fútbol puede servir para cohesionar, al menos temporalmente.
En los campeonatos mundiales los argentinos siempre depositamos expectativas desmesuradas, y seguramente en el próximo mundial, tan cercano en el tiempo y tan distante geográficamente, no se dará una excepción. Un país con tan alto nivel de pobreza como el nuestro, fue uno de los que requirió a los organizadores de dicho mundial a disputarse en Rusia, más boletos de entrada.
Pero conviene aclarar que fueron los conspicuos políticos uruguayos los que dieron los primeros pasos para que se pudiera tejer esa ley de hierro. Ello se concretó en la década del veinte cuando se registraron en la Banda Oriental todo tipo de manifestaciones xenófobas. Más allá de la pasión que despierta el juego en las multitudes, quienes le vuelcan expectativas, supersticiones y abundantes leyendas, el fútbol quedaría preso de una elite que intentaría utilizarlo en su provecho.
Campeón en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, Uruguay se dio el lujo de alcanzar la cima en la primera Copa del Mundo en 1930.
Siguiendo en la misma línea, pero treinta y seis años después, se empezó a tejer en nuestro país una tendencia similar. Los sucesivos gobiernos, con rostro militar o civil, realizaron un abundante trasvase de significados a través del fútbol de elite. Contarían para ello con la alta cooperación de los principales medios de comunicación.
Tenemos necesariamente que construir otra apuesta respecto del futuro, si no queremos que siga primando la corrupción, la drogadicción y la falta de objetivos trascendentes en la sociedad argentina. Para lo cual hay que repensar, en base a críticas y autocríticas, los rituales de la democracia: el sistema representativo (con sus graves imperfecciones que generan permanentemente representaciones espurias), la separación de poderes (inexistente en la realidad verdadera), la permanencia de un sistema plural de partidos (desgastado y desprestigiado con el paso del tiempo) y las elecciones periódicas (generalmente manipuladas, en mayor o menor medida, por elites del poder nacionales y/o locales).
Nos queda luchar por superar este nivel de simulacro y determinar colectivamente los fines sociales.
 
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Roberto Di Giano es Sociólogo, UBAEn estos tiempos difíciles que corren, todos o casi todos somos conscientes que se hace prioritario vincularnos más estrechamente con la ética si queremos transitar por mejores caminos. Por otro lado, hay profesiones como las de abogado y periodista que poseen reglas específicas y que, por lo tanto, no son comunes a todas las personas. Me refiero a la moral profesional que debería asumir cualquier grupo social bien definido para que no prime esa insistencia egocéntrica tan propia de los argentinos. Egocentrismo que hace que unos se crean por encima del resto.
Cuanto más sólidamente se constituye esa moral, mayor autoridad ejercerá sobre las conciencias individuales y otorgará la cohesión suficiente para que la profesión no degenere.
Asimismo, los argentinos en general, tenemos que aprender a ser menos permisivos con todas las acciones delictivas llevadas a cabo en nuestro país. Es pertinente señalar en este punto que la corrupción, no por ser generalizada, pierde el carácter de delito. El psicoanalista Alfredo Grande, tuvo el coraje de refutar un arraigado dicho popular con este ingenioso aforismo: el que las hace no las paga, y el que las paga no lo hizo, la impunidad es el Alzheimer de la democracia.
Lo concreto es que existe un clima colectivo de relativismo moral que nos da permiso para hacer y decir cualquier cosa. Por lo tanto, muchas veces, se hace difícil distinguir lo correcto de lo incorrecto.
Bueno, pero a no desesperarse que este clima sociocultural ya lo vivimos en el país. Al respecto, Enrique Santos Discépolo, en 1926, escribió aquellos versos que daban cuenta de las prioridades de la época: lo que hace falta es empacar mucha moneda, vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda.
Específicamente, en el campo del periodismo deportivo la banalidad pasó a ser uno de los principales emblemas, una cuestión que sirve, entre otras cosas, para obstaculizar cualquier análisis que pretenda llegar a la verdad. Profundidad y sinceridad son cosas que aquí corren el serio riesgo de extinguirse. Algo que siempre ocurre cuando la ética y la honda reflexión no son parte del ejercicio de una profesión.
En el terreno estrictamente deportivo se hace necesario construir una forma de organización distinta, una verdadera alternativa a la actual, en los clubes sociales y deportivos locales. En principio, sin esta brutal concentración de poder en pocas manos.
Pero los que mandan en las instituciones, y sobre todo en las grandes, viven preocupados, prioritariamente, por la compra y venta de jugadores a quienes convierten en meteoros que atraviesan la vida de los clubes. Así, la mercantilización de nuestro fútbol se hizo total en su alcance con esos afanes de los principales actores de nuestro fútbol de subir en la vida.
Como los socios y simpatizantes han cedido mucho terreno, se han entronizado cúpulas dirigentes con su afán acumulativo de poder y que esconden astutamente sus propios intereses detrás de supuestos intereses generales. No es por azar que dichas instituciones se encuentren siempre al borde del colapso.
En este marco, tan fuertemente penetrado por políticos de diverso pelaje y una variada fauna de empresarios con pocos escrúpulos para hacer negocios de todo tipo, los directivos aprovechan para aplastar a la masa social de los clubes, escamoteándole cualquier papel de peso en la toma de decisiones. Faltaría que pongan un cartel en las tribunas que diga: paga y alienta, pero no metas la cabeza donde no debes y menos en nuestros fabulosos negocios.
Curiosamente todo ello se da en un marco democrático. Aunque si miramos las cosas con mayor atención, la democracia es una superstición muy difundida tal como nos alertaran prestigiosos escritores, largamente laureados, como Jorge Luis Borges y José Saramago. Es que ella nos promete todo… todo, pero lo que te da por un lado te lo quita por otro.
Asimismo, con los años la representación se convirtió en una ficción, los parlamentarios hacen que nos representan y nosotros que nos están representando. Aquí hay, sin dudas, una dimensión teatral que conviene tener muy en cuenta: no en vano los politólogos hablan de escenarios y actores políticos. Pero más allá de las habilidades actorales o no de los dirigentes políticos y parlamentarios, las ilusiones, generalmente se desvanecen rápidamente y dan paso al desencanto.
Es hora de pensar en otro sistema de representación política que genere una mayor participación de la población.
Además, en democracia, el poder, en prolongados periodos, es utilizado para el enriquecimiento de quienes lo ejercen y a costa de las demás personas. Es decir, que en lugar de perseguir con firmeza el bien común la elite del poder termina, casi siempre, beneficiándose a sí misma. Parece imposible disociar allí corrupción y poder pues se atraen demasiado.
La elite del poder ha sabido forjar una ley de hierro que vincula dos territorios: el de la política y el futbol. Aprovechando que este deporte es un formidable vehículo de sentimientos y también de valores. Cuando el sentido de pertenencia a una nación sufre un proceso de deterioro moral y en términos de solidaridad, el fútbol puede servir para cohesionar, al menos temporalmente.
En los campeonatos mundiales los argentinos siempre depositamos expectativas desmesuradas, y seguramente en el próximo mundial, tan cercano en el tiempo y tan distante geográficamente, no se dará una excepción. Un país con tan alto nivel de pobreza como el nuestro, fue uno de los que requirió a los organizadores de dicho mundial a disputarse en Rusia, más boletos de entrada.
Pero conviene aclarar que fueron los conspicuos políticos uruguayos los que dieron los primeros pasos para que se pudiera tejer esa ley de hierro. Ello se concretó en la década del veinte cuando se registraron en la Banda Oriental todo tipo de manifestaciones xenófobas. Más allá de la pasión que despierta el juego en las multitudes, quienes le vuelcan expectativas, supersticiones y abundantes leyendas, el fútbol quedaría preso de una elite que intentaría utilizarlo en su provecho.
Campeón en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, Uruguay se dio el lujo de alcanzar la cima en la primera Copa del Mundo en 1930.
Siguiendo en la misma línea, pero treinta y seis años después, se empezó a tejer en nuestro país una tendencia similar. Los sucesivos gobiernos, con rostro militar o civil, realizaron un abundante trasvase de significados a través del fútbol de elite. Contarían para ello con la alta cooperación de los principales medios de comunicación.
Tenemos necesariamente que construir otra apuesta respecto del futuro, si no queremos que siga primando la corrupción, la drogadicción y la falta de objetivos trascendentes en la sociedad argentina. Para lo cual hay que repensar, en base a críticas y autocríticas, los rituales de la democracia: el sistema representativo (con sus graves imperfecciones que generan permanentemente representaciones espurias), la separación de poderes (inexistente en la realidad verdadera), la permanencia de un sistema plural de partidos (desgastado y desprestigiado con el paso del tiempo) y las elecciones periódicas (generalmente manipuladas, en mayor o menor medida, por elites del poder nacionales y/o locales).
Nos queda luchar por superar este nivel de simulacro y determinar colectivamente los fines sociales.
 
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Roberto Di Giano es Sociólogo, UBA
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