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Estudios Sociales

16.11.2014
Argentina
ESP |

La construcción de identidades en el fútbol argentino

La manera de jugar fue muy elogiada en Europa, una cuestión que reforzaría esa imagen de grandeza que muchos argentinos pretendían darse de sí mismos
Desde los años de 1920 el fútbol empieza a ser un poderoso elemento de cohesión para todos los argentinos

En los primeros años del siglo XX, en una ciudad de inmigrantes como era Buenos Aires, aún podía percibirse un límite bastante nítido entre dos polos sociales: aquél conformado por la elite y el de unos sectores populares expuestos a un permanente proceso de construcción, habida cuenta de la constante llegada al país de inmigrantes de distinto origen que engrosaban sus filas y de las profundas modificaciones que traía aparejado el proceso modernizador puesto en marcha en los últimos tramos del siglo anterior, que los sometía a múltiples vaivenes.

De allí que los selectos miembros del liberalismo conservador, quiénes dirigían desde hace largos años los destinos de la República Argentina tratando de consolidar un proyecto de nación basado, fundamentalmente, en la apertura al exterior, decidieran emplear distintas estrategias para disciplinar a una población predominantemente aluvial (y, sobre todo, a aquella ubicada alrededor del puerto de Buenos Aires, esa zona del territorio nacional donde se definían los grandes lineamientos que luego regirían en todo el país).

Según la visión de la elite no quedaba otro remedio que uniformar a los habitantes de una nación que presentaba tales características, ya que la existencia de esa fuerte heterogeneidad cultural (pero también social), era evaluada como muy contraproducente para alcanzar un destino de grandeza. (Es importante señalar que este tipo de consideraciones quedaba asociada, en buena medida, al imaginario cambiante que se conformaría sobre los inmigrantes, quienes en dicho momento serían percibidos por los círculos dirigentes como una verdadera amenaza, ya que el pluralismo étnico, la multiplicidad de identidades, es propia de cualquier país de inmigrantes).

Un mecanismo fundamental que tuvo, desde fines del siglo XIX, una institución poderosa como es el Estado para llevar a cabo este discurso integracionista y dejar así definitivamente atrás el pluralismo cultural que tanto le molestaba a la elite o "gente decente", si se utiliza la clasificación social de la época, fue la educación (y dentro de ella, mas concretamente, la enseñanza de la historia). Es que había que fabricar a los argentinos nuevos, a los hijos de los nativos y extranjeros pertenecientes a la "gente de pueblo", narrándoles una versión legítima de nuestro pasado, que ayudara, entre otras cosas, a justificar y reforzar las relaciones de poder existentes en aquél momento. Son a estos escolares, a los hijos de los demás, que los miembros de la elite quisieron imponerles una nueva tradición patriótica desde el aparato estatal para que salieran con características diferentes a la de sus padres, buscando así que dichos jóvenes se identificaran en un sistema societario envolvente que tendiera a disimular la separación entre los sectores sociales.

Mas tarde, un nuevo instrumento integrador utilizado por los altos dirigentes del liberalismo conservador fue la reforma electoral que un grupo de ellos puso en práctica en el año 1912, una decisión que pondría de relieve la existencia de elementos heterogéneos dentro del propio seno de la elite, una cuestión que haría dificultoso, entre otras cosas, explicar algunas de sus actitudes en ciertas ocasiones. Lo concreto es que el objetivo central de la nueva legislación electoral, que permitió una expresión más amplia de la población en cuanto a preferencias políticas, dejando así atrás las prácticas fraudulentas realizadas en forma sistemática hasta entonces, fue el de integrar mucho mas que descomprimir las tensiones y los estallidos sociales, porque para "resolver" dichos conflictos los círculos mas elevados de la sociedad ya contaban con la Ley de Residencia (1902) y la Ley de Defensa Social (1910) que les permitía separar los elementos buenos de los indeseables. (Es que la necesidad de unificar a los habitantes bajo una bandera común fue un proceso paralelo al del disciplinamiento social).

Entonces, la elite liberal-conservadora que ocupaba desde muchos años atrás el escenario del Estado - a partir del cuál monopolizaba la fuerza física y simbólica legítima - decidió que había llegado la hora de obligar a todos los ciudadanos a votar, entre otras cosas, para intentar generar en los mismos un mayor sentimiento de pertenencia. Y si se hacía necesario en un futuro delegar el poder político en otras manos, ya que al poner en marcha un sistema político mucho mas abierto y transparente sus dirigentes políticos correrían el riesgo de no ser elegidos en una contienda electoral de tales características, les quedaba la posibilidad de ajustar ciertos mecanismos para dirigir a la sociedad de una manera menos visible. En tal sentido, los sectores predominantes de la sociedad argentina aceptarían conceder una parte de sus privilegios, lógicamente sin alterar demasiado la relación de subordinación existente, en pos de alcanzar un destino colectivo de grandeza. (Esta última cuestión estaba estrechamente ligada a una idea-fuerza de larga duración: era aquella que señalaba la excepcionalidad la Argentina en el marco de los demás países sudamericanos). Pero la construcción de una identidad nacional resultó ser de una naturaleza mucho mas compleja y contradictoria que la que se podía gestar desde arriba, desde el poder. Y la socialización de los individuos se volvió, entonces, sumamente conflictiva ya que a los demás, a aquellos que no formaban, desgraciadamente, parte de la elite pero que debían igualmente hacer un esfuerzo por elevarse para llegar a ser un poco mas "cultos y educados", se les negará siempre moralidad y capacidad para justificar así su dependencia. De allí que los distinguidos miembros del liberalismo conservador asociaran, siempre dentro de esta perspectiva intelectual desvalorizante, al nativo de las capas medias y bajas con la desidia y la holgazanería, y en aquél momento, a los otrora bienvenidos extranjeros con un exacerbado materialismo y la inescrupulosidad (entre otras cosas, porque se meten en los lugares sólo reservados para ellos).

En lo que concierne al fútbol, desde los años sesenta hasta fines del siglo XIX, su práctica fue ejercida, casi exclusivamente, dentro del marco de la colonia inglesa. La práctica futbolística desarrollada por ellos en sus escuelas, en sus empresas y/o en clubes propios o que comparten con la elite nativa, hacía fuerte hincapié en el "fair-play" que estaba asociado al comportamiento caballeresco, aprendido durante años de educación formal a partir de lo cual se intentaban controlar los desbordes afectivos y emocionales (resultando estos aspectos, entonces, llamativos contraejemplos a evitar).

En cuanto al mundo de los sectores populares, que presentaba límites imprecisos debido a las permanentes variaciones que se producían en su seno, era un ámbito social heterogéneo y fragmentado, donde coexistían tradiciones culturales de las más diversas. (De allí que sea importante desmistificar aquí la idea de nación "crisol de razas", con que siempre se hizo referencia a la Argentina de aquellos años).

Dentro del marco de los sectores populares se sitúan muchos de los antiguos criollos y los recientes inmigrantes europeos, quienes están sufriendo, cada uno a su manera y por diversos motivos, la erosión de muchos usos y costumbres forjados en el país o en la patria de origen de los inmigrantes. Y además están los hijos de ambos que si bien construyen zonas de su identidad a partir de los elementos culturales que les transmiten sus padres, ya empiezan a mostrar rasgos definidos de una argentinidad que la distinguen de sus progenitores. (Es que hasta allí el sentimiento nacional de los habitantes era bastante débil ya que no se contaba con grupos dirigentes masivamente preocupados por esta cuestión ni clases subalternas interesadas en la compleja problemática de la realización nacional). De allí que sean estos jóvenes, entonces, los que más fácilmente se embanderarían con los símbolos patrios creados y difundidos por la escuela, y en menor medida por las mitologías políticas de entonces. (Será, mas tarde, el radicalismo Yrigoyenista quién generará a través de algunas políticas nacionalistas una mayor cohesión en ese sentido)

En cuanto al desarrollo del fútbol en el ámbito de los sectores populares, este es un mundo de jóvenes ajenos a la colonia inglesa y a la elite criolla. Contrariamente a los mismos que ponían restricciones severas para quienes querían ingresar a sus instituciones como era cobrarles, por ejemplo, una alta cuota social y además requerirles el aval de varios socios, los clubes que fundaron los sectores populares siguieron un camino diferente, ya que, básicamente, les convenía ensanchar su base social para poder crecer. En tal sentido, se llevará a cabo la fundación de muchos clubes, precisamente cuando el clima social de la época alentaba la creación de asociaciones, siendo éste un fenómeno que se concretaba no solo en el marco de los sectores populares sino también en el seno de las elites nativas e inmigrantes. Y dicho proceso se potenciaría a partir de la urgente necesidad que tuvieron diversos actores por establecer redes de relaciones en los diversos vecindarios de la ciudad que se estaban generando por aquellos tiempos y que asumirían formas diversas. Así, los nuevos barrios fueron conformando, entonces, sus propios ámbitos de sociabilidad como fueron, por ejemplo, las sociedades de fomento y las bibliotecas populares.

El fútbol, el deporte de origen británico por excelencia, fue recreado por la acción de jóvenes pertenecientes a los sectores populares de Buenos Aires - el centro urbano por definición de la Argentina - que conformarían numerosos equipos que, mayoritariamente, estuvieron liderados por los hijos de inmigrantes españoles e italianos, así como también de criollos. De esta manera, muchos jóvenes se aglutinarían alrededor del fútbol, una cuestión que les va a permitir estructurar sus identidades tanto a partir del compromiso afectivo que les generaba el juego como por la comunicación vital que se entablaba entre personas de origen étnico diverso. Es que más allá de otorgarles placer por sí mismo, nuclearse a partir de este deporte les posibilitaba afirmarse en algún punto en aquél complejo y heterogéneo mundo cultural de los sectores populares durante los primeros años del siglo XX, y a partir de allí impugnar esa posición subordinada que les fijaba la elite, en base a una cultura deportiva asentada en la creatividad de un grupo de personas que la asumían con orgullo y con voluntad de afirmarla definitivamente. (Una cuestión que les era más difícil de modificar en otros terrenos aunque existiera un sentimiento básico de antagonismo frente a los grupos dominantes).

Es así que la práctica futbolística se convirtió en un espacio donde se iban a tener que dirimir posiciones antagónicas y que se empezarían a resolver cuando se produce el abandono de esta práctica deportiva por parte de las elites británicas y nativas. Es que las personas situadas en la cumbre de la pirámide social porteña no quisieron participar más de una práctica que ya no guardaba ningún tipo de discreción por culpa, básicamente, de los valores y patrones de comportamiento que trasladaban al ámbito deportivo los sectores populares inmigrantes y nativos, que permitían dar rienda suelta a las emociones y los sentimientos. De allí, entonces, que muchas veces la exaltación y el arrebato se expresarían sin medida en un partido de fútbol.

Sin embargo, la elite siguió cumpliendo, durante varios años, un papel rector dentro del ámbito futbolístico, entre otras cosas, al pretender desvalorizar la forma deportiva construida por los sectores medios y bajos del país, que presentaba muchas características diferentes a la impuesta por los británicos en la Argentina (como, por ejemplo, el uso excesivo del dribbling o la gambeta que evitaba el choque corporal con el adversario a lo cuál eran tan proclives los ingleses). Y esto quedó reflejado en los grandes diarios de la época que invitaban a los futbolistas de los sectores populares a ser "buenos" deportistas y a jugar de determinada manera - tratando así de persuadir a sus lectores que el modo de percibir la realidad deportiva era el correcto, ya que estaba amparado en el fuerte referente que constituía para dichos medios la cultura deportiva anglosajona - y en los discursos de notables ex -jugadores de ascendencia británica que participaron en la descalificación del fútbol desarrollado por los sectores populares inmigrantes y nativos, al que veían alejado del ideal deportivo "civilizador" construido por las elites.

Desde el momento que inaugura un nuevo ciclo político en el año 1916, el radicalismo, el partido de oposición al régimen liberal-conservador que más había crecido desde la puesta en práctica de la nueva ley electoral, estuvo condicionado para desarrollar sus ideales de gobierno. En principio por los mecanismos dejados por la antigua elite que le permitió a ella mantener un peso determinante en las más altas instituciones de la nación, y además por las propias vacilaciones y ambigüedades que se experimentaron en el seno del propio radicalismo. (Es que su identidad política no tuvo nunca una definición precisa y si bien esta cuestión les permitiría expandirse rápidamente al atrapar actores de distintos sectores sociales y hasta en muchos casos antagónicos, en varias ocasiones se tuvo que inclinar hacia los distinguidos miembros del liberalismo conservador con los cuáles quedó comprometido en buena medida).

De allí, que en el largo periodo que gobernó el radicalismo (1916/1930) sólo se llevaron a cabo tímidas reformas socioeconómicas que no modificarían sustancialmente los parámetros fundamentales de la Argentina agroexportadora. (Si bien durante la década del veinte se puso especial énfasis en el desarrollo petrolero, a partir del cuál se apuntaba a lograr un mayor grado de soberanía económica para el país). Por otro lado, hay que tener en cuenta, que una buena parte de la población que disfrutó de una época de relativa bonanza económica, aceptó, en líneas generales, las políticas vigentes. Por eso resultaba coherente que funcionara a pleno el mito de que la Argentina era una sociedad abierta con una fuerte movilidad social ascendente y esta imagen particular de la realidad social, alimentada tanto por los miembros de la elite tradicional como por el radicalismo, se cristalizó de tal manera, que haría muy difícil a los sectores subalternos articular una protesta colectiva de carácter masivo que apuntara a que se llevaran adelante modificaciones mucho mas profundas.

Es así que en la década del veinte, caracterizada por un relativo bienestar económico y social que contribuyó a que se expandiera con mayor facilidad el mito del ascenso social, decrecieron mucho las protestas sociales y lo que primó, entonces, fue un clima mas negociador que el de los primeros años del siglo veinte (aunque, paralelamente, siguieran habitando tensiones e insatisfacciones en la sociedad argentina).

Es importante señalar también la función integradora que cumplieron, en esta época, los grandes medios de comunicación de masas. Con sus variadas maneras de influir en sus lectores, difundieron hábitos y valores típicos de una sociedad de consumo, a partir de los cuáles alimentaban la imagen de una sociedad que descansaba en una supuesta armonía de intereses.

La prensa escrita y las todavía rudimentarias transmisiones radiales (en muchas ocasiones realizadas en forma combinada con los diarios) contribuyeron también a expandir todo lo relativo al acontecer deportivo cuando, precisamente, la forma futbolística generada desde los sectores populares estaba logrando una aceptación cada vez mas generalizada y se empezaba a relevar como un poderoso elemento de cohesión para todos los argentinos.

La mayor aprobación que se produjo en estos tiempos se apoyaba, en buena medida, en los importantes logros internacionales conseguidos por la selección nacional en el transcurso de la década del veinte. (Es que ganó cuatro torneos sudamericanos y tuvo un excelente desempeño en los Juegos Olímpicos realizados en Amsterdam). Pero además porque el equipo de Boca Juniors, con algunos refuerzos de otros clubes argentinos, realizó una extensa y exitosa gira por varios países europeos, siendo allí muy elogiada su manera de jugar por diversos actores del ámbito deportivo de aquellas lejanas tierras, una cuestión que reforzaría esa imagen de grandeza que muchos argentinos pretendían darse de sí mismos.

Entonces, como consecuencia de toda estas performances relevantes para el fútbol argentino a nivel internacional, a las cuáles se sumaba la mirada fascinada de los europeos, la forma deportiva generada desde los sectores populares lograría, en dicha época, la plena aprobación de los miembros de la elite, siempre tan proclives a aceptar y a alimentar todos los criterios de valorización que provenían de aquél prestigiado continente.

Roberto Di Giano
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