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Estudios Sociales

19.09.2020
Argentina
ESP |

Esas personas tan necesarias

Juan Bautista Alberdi, en su etapa madura, creía que era válido sacrificar al pueblo para poder articular a nuestro país con la economía mundial
Joaquín Giannuzzi, poeta argentino, nació en Buenos Aires y murió en Salta (1924-2004)
Las elites del poder que decidieron los destinos de nuestro país no reflexionaron a fondo sobre las características endógenas, sobre los ricos y complejos elementos que lo constituyen. Más bien, fomentaron la actividad imitativa, la copia, el caer, vulgarmente, en el dominio del ejemplo extraño.
Así, a los actores sociales con mayor dosis de picardía se les ha dado por bromear ante los intelectuales que acuden por ideas, casi exclusivamente, a las librerías y sobre las personas con vocación industrial fascinadas por las fábricas extranjeras y sus productos manufacturados.
Así, por ejemplo, Juan Bautista Alberdi, principal inspirador de nuestro texto constitucional, en su etapa madura creía que era válido sacrificar al pueblo para poder articular a nuestro país con la economía mundial. No veía en ello impedimento moral.
El telón de fondo lo ponía Bartolomé Mitre con su visión histórica que contó con múltiples canales de comunicación. De alto impacto en la población, nos comunicaba una imagen de país en la que una ancha franja de la misma le gustaba reconocerse: una nación con un destino superventuroso por delante. 
Vaya a saber qué mago fabuloso nos dotó de un destino manifiesto según el cual llegaríamos a ser, uno de los países más ricos y cultos del mundo.
Hubo, por suerte, pensadores que sostuvieron miradas alternativas. Ellos son los que idealizaron mucho menos nuestro destino y vieron puntos oscuros, siniestros, destructivos, en el tan mentado progreso argentino o como bien dijo Joaquín Giannuzzi, con su adulta calidad, olieron la ropa sucia del progreso.
 
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Roberto Di Giano
Sociólogo, UBA
Sociólogo,UBALas elites del poder que decidieron los destinos de nuestro país no reflexionaron a fondo sobre las características endógenas, sobre los ricos y complejos elementos que lo constituyen. Más bien, fomentaron la actividad imitativa, la copia, el caer, vulgarmente, en el dominio del ejemplo extraño.
Así, a los actores sociales con mayor dosis de picardía se les ha dado por bromear ante los intelectuales que acuden por ideas, casi exclusivamente, a las librerías y sobre las personas con vocación industrial fascinadas por las fábricas extranjeras y sus productos manufacturados.
Así, por ejemplo, Juan Bautista Alberdi, principal inspirador de nuestro texto constitucional, en su etapa madura creía que era válido sacrificar al pueblo para poder articular a nuestro país con la economía mundial. No veía en ello impedimento moral.
El telón de fondo lo ponía Bartolomé Mitre con su visión histórica que contó con múltiples canales de comunicación. De alto impacto en la población, nos comunicaba una imagen de país en la que una ancha franja de la misma le gustaba reconocerse: una nación con un destino superventuroso por delante. 
Vaya a saber qué mago fabuloso nos dotó de un destino manifiesto según el cual llegaríamos a ser, uno de los países más ricos y cultos del mundo.
Hubo, por suerte, pensadores que sostuvieron miradas alternativas. Ellos son los que idealizaron mucho menos nuestro destino y vieron puntos oscuros, siniestros, destructivos, en el tan mentado progreso argentino o como bien dijo Joaquín Giannuzzi, con su adulta calidad, olieron la ropa sucia del progreso.
 
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Roberto Di Giano
robaied@hotmail.com
Sociólogo, UBA
Roberto Di Giano
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